Durante años nos preocupamos por cómo las redes sociales capturaban la atención de nuestros hijos. Ahora tenemos máquinas capaces de simular amistad, afecto y contención emocional. Y adolescentes que ya recurren a ellas para hablar de asuntos importantes. ¿Vamos a esperar otra década para preguntarnos qué consecuencias puede tener?
De capturar nuestra atención a simular nuestros vínculos
Primero fueron las redes sociales. Plataformas diseñadas para que pasáramos cada vez más tiempo mirando una pantalla, consumiendo contenido y buscando aprobación. Tardamos años en empezar a discutir seriamente qué efectos podía tener todo eso sobre los chicos.
Ahora la inteligencia artificial nos pone frente a algo diferente. Ya no se trata solamente de captar su atención. Un chatbot puede conversar con ellos durante horas, recordar lo que le cuentan, responderles con aparente empatía y estar disponible cada vez que necesitan hablar. Puede comportarse como un amigo, un confidente o incluso una pareja. Y cuanto más convincente resulta esa simulación, más fácil es olvidar que del otro lado no hay una persona.
La investigadora del MIT Sherry Turkle lleva décadas estudiando cómo la tecnología transforma nuestras relaciones. En su trabajo sobre intimidad artificial plantea una preocupación que merece mucha más atención: si las redes sociales aprendieron a competir por nuestro tiempo, los sistemas de IA capaces de simular relaciones emocionales pueden empezar a competir por nuestros vínculos de apego.
No es una diferencia menor. Una cosa es que un chico pase demasiado tiempo viendo videos. Otra es que empiece a buscar consuelo, validación o compañía en una máquina diseñada para responderle como si lo conociera y se preocupara por él.
Y mientras discutimos cuánto tiempo de pantalla es demasiado, esta segunda conversación ya está ocurriendo.
Uno de cada tres adolescentes recurrió a un chatbot para hablar de algo importante en lugar de hacerlo con una persona
No estamos hablando solamente de un riesgo hipotético.
En 2025, Common Sense Media encuestó a 1.060 adolescentes de entre 13 y 17 años en Estados Unidos para investigar cómo utilizaban los chatbots de compañía, es decir, sistemas diseñados para mantener conversaciones sociales o emocionales.
El 72% declaró haber utilizado alguna vez uno de estos chatbots. Y, entre quienes los habían usado, el 33% afirmó haber elegido hablar con una IA sobre un asunto importante o serio en lugar de hacerlo con una persona real.
Es un dato que debería hacernos ruido.
No significa que un tercio de todos los adolescentes haya reemplazado a sus amigos por una máquina, ni que podamos trasladar automáticamente esos resultados a la Argentina. Tampoco demuestra que la IA esté causando aislamiento social. Pero sí muestra que una parte de los chicos ya está utilizando estas herramientas para conversaciones que antes necesariamente involucraban a otra persona.
Y ahí cambia la discusión. Porque una cosa es pedirle a una IA que explique un concepto o ayude a organizar una tarea. Otra muy distinta es contarle algo que nos angustia, pedirle consejo sobre una relación o buscar en ella el acompañamiento que no estamos encontrando en otro lado.
¿Qué pasa cuando un chico empieza a confiarle a una máquina aquello que no se anima a contarle a sus padres, sus docentes o sus amigos?
La respuesta todavía no está clara. Y justamente por eso deberíamos prestar atención antes de normalizarlo.
Que una máquina responda con empatía no significa que pueda cuidar a alguien
Los chatbots actuales pueden producir respuestas extraordinariamente convincentes. Pueden usar un tono cálido, recordar detalles de conversaciones anteriores y decir exactamente lo que una persona necesita escuchar en un momento difícil.
Pero simular empatía no es lo mismo que sentirla. Y responder no es lo mismo que cuidar.
Un docente puede darse cuenta de que un alumno está pasando por un mal momento porque dejó de participar en clase, porque cambió su comportamiento o porque conoce su historia. Un amigo puede notar que algo no está bien, aunque el otro insista en que no le pasa nada. Una familia puede buscar ayuda, acompañar una crisis o intervenir cuando existe un peligro real.
Una IA no comparte la vida de ese chico. No conoce todo lo que ocurre fuera de la conversación y no puede asumir la responsabilidad humana de acompañarlo.
Hay, además, algo que me parece fundamental: los vínculos reales no están diseñados para complacernos.
Relacionarse con otras personas implica escuchar cosas que no queremos escuchar, aceptar límites, tolerar frustraciones, reconocer necesidades ajenas y aprender a resolver conflictos. Son experiencias necesarias para crecer.
En cambio, un sistema diseñado para resultar agradable, mantener la conversación y generar cercanía puede ofrecer una experiencia muy distinta. Una relación aparentemente cómoda, siempre disponible y sin las exigencias de reciprocidad que existen entre personas.
Esto no significa que todos los chatbots sean complacientes ni que cada adolescente que conversa con uno esté desarrollando dependencia emocional. Significa que el tipo de relación que una herramienta promueve también es una decisión de diseño, y que esa decisión importa especialmente cuando sus usuarios son menores.
Cuando un chico necesita ayuda, una buena respuesta no alcanza
Hay situaciones en las que esta discusión deja de ser filosófica.
Pensemos en un adolescente que le cuenta a un chatbot que está sufriendo, que se siente solo, que tiene miedo o que está pensando en lastimarse.
La IA puede generar una respuesta que suene comprensiva. Incluso puede recomendarle buscar ayuda. Pero eso no equivale a que alguien se haya hecho cargo de lo que está pasando.
En 2025, investigadores de Stanford evaluaron cómo respondían distintos chatbots de compañía ante escenarios sensibles simulados con adolescentes. Encontraron respuestas problemáticas frente a determinadas situaciones de riesgo, incluidas algunas relacionadas con salud mental.
No es evidencia de que todos los sistemas fallen siempre. Pero sí alcanza para cuestionar una idea que estamos aceptando con demasiada facilidad: que porque una máquina sabe conversar, también está preparada para acompañar emocionalmente a un menor.
Un chico en una situación de riesgo no necesita solamente que alguien —o algo— le conteste. Necesita que una persona pueda intervenir.
Y esto nos lleva a una pregunta que debería estar en el centro del debate sobre IA y menores: ¿qué responsabilidad tienen las empresas que diseñan estas herramientas sobre el vínculo que promueven con sus usuarios?
No podemos dejar toda la responsabilidad en manos de los chicos
Con las redes sociales nos acostumbramos a darles recomendaciones a los menores: que controlen el tiempo de uso, que no compartan información privada, que no hablen con desconocidos, que sepan cuándo desconectarse.
Ahora estamos repitiendo la fórmula con la inteligencia artificial. Les decimos que no confíen demasiado, que no compartan cuestiones íntimas, que recuerden que están hablando con una máquina y que busquen a un adulto si tienen un problema.
Está bien enseñarles todo eso. El problema es creer que alcanza.
Si una empresa diseña un chatbot que simula afecto, recuerda confidencias, adopta el rol de amigo o pareja y promueve conversaciones cada vez más íntimas, no puede trasladarle toda la responsabilidad de poner límites al chico que lo utiliza.
La responsabilidad empieza mucho antes: cuando se decide qué puede hacer esa tecnología, cómo debe responder, qué límites tiene y qué ocurre cuando detecta una situación preocupante.
Y las familias y las escuelas también necesitan hacerse preguntas incómodas. No alcanza con saber que una herramienta utiliza inteligencia artificial. Necesitamos entender qué tipo de relación está diseñada para construir con nuestros hijos.
Porque no es lo mismo una IA que ayuda a estudiar que una IA que intenta convertirse en la persona con la que un adolescente quiere hablar de todo. Aunque ambas funcionen mediante conversaciones, sus objetivos y sus riesgos pueden ser muy diferentes.
En educación, el vínculo humano no es algo que debamos reemplazar
En una escuela, la relación entre un estudiante y su docente no es un accesorio del aprendizaje. Es parte de cómo se aprende.
Un docente no solamente explica contenidos. Conoce a sus alumnos, identifica dificultades, reconoce avances, propone desafíos, establece límites y construye confianza. Los compañeros también cumplen un papel esencial: aprender a trabajar con otros, escuchar perspectivas distintas, pedir ayuda, discutir ideas y convivir.
La inteligencia artificial puede enriquecer muchas de esas experiencias. Puede ayudar a practicar, ofrecer explicaciones alternativas, proponer preguntas y ampliar las posibilidades de acompañamiento pedagógico.
Pero si su incorporación termina desplazando sistemáticamente las conversaciones con docentes, la colaboración entre compañeros o la búsqueda de ayuda en adultos de confianza, tenemos que preguntarnos qué estamos ganando y qué estamos perdiendo.
Por eso, al evaluar una IA educativa, las escuelas deberían mirar más allá de las funcionalidades. No solamente qué contenidos puede generar o cuánto tiempo permite ahorrar, sino también qué comportamientos fomenta.
¿Invita al alumno a pensar por sí mismo? ¿Reconoce cuándo debe intervenir un docente? ¿Tiene límites frente a conversaciones emocionales? ¿Está diseñada para la edad de sus usuarios? ¿Qué ocurre si un estudiante expresa una situación de riesgo?
Estas preguntas no deberían aparecer después de implementar la tecnología. Deberían formar parte de la decisión de incorporarla.
Sobre Auroria: una IA que no quiere ser amiga ni psicóloga de los chicos
En Auroria partimos de una convicción: la inteligencia artificial puede ayudar muchísimo a los chicos, pero no debería intentar reemplazar los vínculos humanos que necesitan para crecer y aprender.
Y esa convicción se refleja en decisiones concretas de diseño.
Nuestra función «No Psicólogo» busca evitar que la IA asuma el rol de terapeuta, amigo íntimo o confidente emocional de los estudiantes. Cuando aparecen conversaciones que requieren acompañamiento humano, Auroria orienta al chico hacia personas reales que puedan escucharlo y ayudarlo.
También contamos con alertas de riesgo emocional. Cuando un estudiante escribe algo que puede indicar una situación preocupante —por ejemplo, referencias a autolesiones, daño a terceros u otras señales de riesgo—, el sistema dispara una alerta dirigida tanto a un directivo de la escuela como a la familia.
No se trata de que la IA diagnostique al estudiante ni de prometer que puede identificar todos los riesgos. Se trata de que, cuando aparecen determinadas señales, la conversación no quede encerrada entre un chico y una máquina.
La tecnología puede ayudar a detectar que algo necesita atención. Pero el cuidado, las decisiones y el acompañamiento tienen que seguir en manos de personas.
Ese mismo criterio atraviesa nuestra propuesta educativa: diseñar IA para acompañar el razonamiento de los estudiantes, con docentes involucrados y con límites acordes a la responsabilidad de trabajar con menores.
No buscamos que los chicos dependan cada vez más de Auroria. Buscamos que aprendan, desarrollen autonomía y fortalezcan sus vínculos con quienes los acompañan.
Porque una herramienta educativa no debería medirse solamente por lo que consigue que un alumno haga con ella, sino también por lo que lo ayuda a hacer cuando ya no la necesita.
Podemos delegar tareas en una máquina. El cuidado de nuestros hijos, no.
Todavía tenemos mucho que investigar sobre los efectos de los vínculos emocionales con sistemas de inteligencia artificial. Sería irresponsable afirmar que todos los adolescentes que conversan con un chatbot van a desarrollar dependencia o que la IA necesariamente deteriora sus relaciones personales.
Pero también sería irresponsable esperar a tener décadas de evidencia para empezar a exigir criterios de diseño, protección y acompañamiento adecuados para menores.
Ya sabemos que existen sistemas capaces de simular intimidad, que algunos adolescentes recurren a ellos para hablar de asuntos importantes y que se han documentado respuestas problemáticas ante situaciones sensibles.
Eso debería ser suficiente para dejar de tratar la IA relacional como una funcionalidad más.
La pregunta no es si una máquina puede hacernos sentir escuchados. La pregunta es qué responsabilidad asumimos cuando permitimos que ocupe un lugar emocional en la vida de un chico.
En Auroria elegimos una respuesta: desarrollar tecnología que acompañe el aprendizaje y reconozca sus propios límites, especialmente cuando lo que está en juego necesita de otra persona.
Conocé cómo Auroria integra inteligencia artificial a la educación con criterios pedagógicos, acompañamiento docente y mecanismos de cuidado.
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Preguntas frecuentes sobre IA y vínculos emocionales
¿Qué son los chatbots de compañía?
Son sistemas de inteligencia artificial diseñados para mantener conversaciones sociales o emocionales. Algunos simulan amistad, afecto o relaciones románticas, y pueden adoptar personajes o roles específicos. No son equivalentes a todas las herramientas de IA: un asistente educativo, un chatbot generalista y una aplicación de compañía pueden tener objetivos, límites y mecanismos de protección diferentes.
¿Los adolescentes usan inteligencia artificial para hablar de sus problemas?
Sí. Según una encuesta de Common Sense Media realizada en Estados Unidos en 2025, el 33% de los adolescentes que habían utilizado chatbots de compañía declaró haber elegido hablar con uno sobre un asunto importante o serio en lugar de hacerlo con una persona. El resultado muestra que estas herramientas ya cumplen una función emocional para algunos usuarios, aunque no demuestra que hayan abandonado sus relaciones humanas.
¿La inteligencia artificial puede generar dependencia emocional?
Es un riesgo señalado por investigadores y organizaciones especializadas, especialmente en sistemas que promueven conversaciones íntimas o relaciones simuladas. Sin embargo, la evidencia sobre sus consecuencias a largo plazo todavía es limitada. No corresponde afirmar que toda interacción emocional con una IA produce dependencia.
¿Por qué una IA no debería actuar como psicólogo de un menor?
Porque generar respuestas que parecen empáticas no equivale a brindar atención profesional de salud mental. Una IA no reemplaza la evaluación de un profesional, el conocimiento del contexto del estudiante ni la intervención de adultos responsables ante situaciones de riesgo.
¿Qué diferencia hay entre una IA educativa y un chatbot de compañía?
La diferencia principal está en su propósito y diseño. Una IA educativa debería estar orientada al aprendizaje, contemplar la edad de los estudiantes, incorporar criterios pedagógicos y mantener al docente dentro del proceso. Un chatbot de compañía está orientado principalmente a la interacción social o emocional. No todas las herramientas de una misma categoría funcionan igual, por lo que es importante evaluar cada producto.
¿Qué significa que una IA educativa cuide los vínculos humanos?
Significa que busca acompañar el aprendizaje sin sustituir las relaciones con docentes, familias y compañeros. Esto puede traducirse en límites frente a conversaciones emocionales, orientación hacia personas reales y mecanismos para involucrar a adultos responsables cuando aparecen situaciones preocupantes.
¿Qué es la función «No Psicólogo» de Auroria?
Es una función diseñada para evitar que la IA asuma el papel de terapeuta o confidente emocional de los estudiantes. Ante determinadas conversaciones que requieren acompañamiento humano, busca orientar al alumno hacia personas reales.
¿Cómo funcionan las alertas de riesgo emocional de Auroria?
Cuando un estudiante escribe contenido que puede indicar riesgo —como referencias a autolesiones, daño a terceros u otras situaciones preocupantes—, Auroria dispara una alerta dirigida a un directivo de la escuela y a la familia. Las alertas buscan facilitar la intervención humana; no son diagnósticos ni garantizan detectar todas las situaciones de riesgo.
¿Qué deberían preguntar las escuelas antes de incorporar IA?
Deberían evaluar para qué edades fue diseñada, qué finalidad pedagógica cumple, cómo maneja conversaciones sensibles, qué mecanismos de protección y privacidad ofrece, qué ocurre ante señales de riesgo y cómo se mantiene involucrado el docente. La incorporación de IA debe ser una decisión educativa e institucional, no solamente tecnológica.
¿Qué pueden hacer las familias si un adolescente está utilizando un chatbot como confidente?
Conviene conversar sin ridiculizar ni castigar automáticamente ese uso, intentar comprender qué encuentra el adolescente en la herramienta y mantener disponibles espacios de escucha con personas reales. Si aparecen señales de sufrimiento intenso, autolesiones o riesgo para terceros, es importante buscar ayuda profesional o institucional adecuada y no depender de las respuestas del chatbot.
Fuentes y referencias
| Fuente | Qué respalda |
|---|---|
| Sherry Turkle, Artificial Intimacy (2026) | La tesis sobre intimidad artificial, apego y relaciones con máquinas. |
| Common Sense Media, Talk, Trust, and Trade-Offs (2025) | Encuesta a 1.060 adolescentes de EE. UU.; datos del 72% y 33%. |
| Common Sense Media, Evaluación de chatbots de compañía | Riesgos documentados y evaluación de herramientas diseñadas para simular relaciones emocionales. |
| Common Sense Media y Stanford Medicine (2025) | Pruebas de seguridad de chatbots de compañía y riesgos para menores. |